La muerte de la monocultura

La monocultura, o el monoculturalismo, es la homologación de la cultura en una población. Es lo que vemos en países como China, Corea del Norte, anteriormente en Rusia y otros países con regímenes socialistas.

La monocultura busca que una sociedad comparta los mismos valores y principios para hacerla funcionar de manera más eficiente y predecible, otorgando mayor poder al gobierno y disminuyendo las probabilidades de brotes revolucionarios y libres pensadores.

Aunque suena muy drástico este concepto, ha sido una de las prácticas más comunes en la historia. El hombre ha creado cientos de instituciones para homologar la cultura y mantener a la sociedad bajo cintura. Lo podemos ver desde las antiguas instituciones religiosas en la era de la inquisición, cuando todos conocían lo que se esperaba de su conducta. Todos sabían la manera en la que tenían que comportarse, lo que su Dios esperaba de ellos y todo aquello que era considerado un pecado.

La monocultura se extiende a todos los aspectos de consumo en una sociedad, desde el entretenimiento, hasta la ropa, la tecnología, el conocimiento, la educación y las instituciones.

Mantener un régimen en miles o millones de habitantes no es cosa fácil y requiere de toda la infraestructura que se le pueda proveer. Es por esto que gran parte de las organizaciones que componen una sociedad, son partícipes clave de los mismos principios. Por eso las universidades tienden a impartir valores similares, las religiones, y el consumo.

El entretenimiento era una parte vital para la monocultura, ya que fomentaba los valores de la cultura de manera en que la sociedad lo consumiera voluntariamente. La literatura y el cine son herramientas especialmente poderosas, como se mostró durante el Tercer Reich, cuando Joseph Goebbels y Adolf Hitler lograron esparcir la cultura Nazi en una nación completa, en menos de una década.

Aunque los sistemas socialistas son el ejemplo más obvio de lo que implica una monocultura, el capitalismo del siglo XX también lo es. Este sistema hacía que todas las personas consumieran los mismos productos, estudiaran las mismas carreras, vistieran de la misma forma y, hasta cierto grado, pensaran de manera similar. La magia del capitalismo es que logró los resultados que buscaba el socialismo, dando la ilusión de decisión propia a los individuos.

Sin embargo, conforme progresó el capitalismo y se transformó en neoliberalismo, la diversificación se salió de control. De repente, ya no era tan sencillo inculcar valores a las masas forma sistematizada.

El valor del poder económico atrajo a personas de distintas culturas a las metrópolis, las cuales se convirtieron en centros donde habitaban personas de múltiples etnias y religiones, lo que dificulta seriamente la homologación de la cultura.

Hoy en día, vemos cada vez más subculturas que se siguen fomentando en países como Estados Unidos, el Reino Unido, México, Europa y Canadá.

La monocultura se empieza a diluir. Ya no eres solamente mexicano (lo que incluye ser católico, de habla hispana, que consume comida mexicana, cerveza y futbol). Si eres mexicano, probablemente perteneces a una o varias subculturas. Puedes ser fresa, cholo, chairo, hipster, LGBT, pocho y más. Cada subcultura con sus elementos de entretenimiento, culturales, físicos y religiosos distintos.

Ya no solo es cuestión de nivel socioeconómico, podemos hablar de dos personas con el mismo nivel de ingresos que pertenecen a dos subculturas distintas. Por ejemplo, si eres fresa, probablemente hablas inglés, consumes entretenimiento norteamericano, das mucho valor a hacer viajes internacionales, sigues teniendo hábitos del catolicismo, vives con tus padres hasta más de los 25 años y tiendes a consumir marcas americanas y europeas. Si eres hipster, probablemente hablas más de dos idiomas, consumes marcas locales, das mucho valor a aquello que no es producido en masa, probablemente eres ateo o agnóstico y has viajado más que el fresa, pero con menos lujos.

Las subculturas están incrementando la fuerza y cantidad de los elementos que refuerzan sus culturas, tanto en entretenimiento, como en ropa, religión, costumbres y más. Una evidencia de esto es que el neonazismo en Estados Unidos ha tenido un repunte desde el 2014, ya que cada vez existen más medios que refuerzan su identidad.

Así es como las personas se encasillan en distintas subculturas y la monocultura desaparece.

Esto trae consigo muchas oportunidades y cambios. Solamente algunas cosas continúan siendo de todos, como lo vemos en el entretenimiento masivo con las películas de Marvel, que más allá de quedarse en un solo país, son consumidas globalmente.

Lo más curioso es que la globalización, el internet y la conectividad sí refuerzan las subculturas y hacen que desaparezca una cultura homologada, pero incrementa el alcance de aquellos elementos que son universalmente consumidos.

Sin duda, la monocultura está viendo su fin para dar paso a la cultura personalizada. Pero tal vez esto no traiga consigo una diversificación absoluta, tal vez en lo más básico compartimos los mismos valores, siendo capaces de entendernos y aceptarnos mutuamente, comprendiendo que aunque otras personas pertenecen a una subcultura distinta, buscamos un fin en común, que es la prosperidad universal.

Emprendedor y entusiasta de proyectos digitales.

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